Pirineo, 2 de Octubre de 2014
 
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Miércoles, 2 de Febrero de 2005
Recuerdos de caza

Con este articulo queremos rendir nuestro particular homenaje a esos veteranos cazadores pirenaicos, que nos han trasmitido su pasión por la caza.


José ha perdido mucha vista. Lo nota en multitud de ocasiones. Sobre todo en la caza ¡Tantos años disparando! ¡Tantas perdices y torcaces, tantos conejos, tantas ardillas como el ha cazado! ¡Tan buen tirador como ha sido! Y ahora no puede tirar: ve mal. Se le han escapado dos jabalíes muy grandes. Los dos igual: el tiro fue demasiado bajo. Sucedió en esas cacerías de jabalí donde se reúne bastante gente. Había cazadores de las aldeas próximas. Todo el mundo se enteró. Para recorrer las espesuras de los montes resacando la caza que otros matarán es demasiado viejo. Además, ya sabe que no le renovarán la licencia de armas porque no superará el test de visión. Ya se ha resignado a prescindir de la escopeta.

José tiene un arma buena. Es una escopeta de dos cañones, del 12, con platina larga. Se la compro , ya hace años, al armero de Panillo. La vio, la probó y quedo prendado del arma. Pero era muy cara. Tardó algún tiempo en reunir el dinero necesario para pagarla. En cuanto lo tuvo la compro. No se ha arrepentido nunca. Por eso le duele tanto desprenderse de ella. Estos días de nieve van ha ser –precisamente- los últimos que la escopeta esté junto a José: le ha caducado el permiso de armas y tiene que entregarla a la Guardia Civil. La ha desmontado y esta empaquetada en un saco blanco atado con una cuerda. Cuando las carreteras puedan transitarse la llevará al cuartel de Aínsa.

Con ella se irán muchos recuerdos buenos. Mejor dicho, los recuerdos no se irán: marchara solo el arma que los hizo posible. El monte entero está para José lleno de imágenes de caza: “Détras d’quel caixigo saliba siempre un conejo. Yo desde lejos le beyeba asomar as orejas por enzima d’a yerba. Crust! Lo bulcaba. A los pocos días otro: igual, as orejetas zerca d’o caixigo”. “Cuántos torcazos abré matau en aquel caixigo!”. “Allí saliban siempre as perdices y les tiraba cuando pasaban por ande que aquella carrasca”... Cada piedra del monte, cada árbol, cada collado están para José relacionados con la caza, y la caza siempre era placentera: “Un día fue t’as pletas que bi ha en O Castellar de Besaún. Por o camino siempre se beyeban esquiruelos. Aquel día los conté: en bide cincuenta y ocho. En maté seis: qué buenos, guisaus con patatas!”.El recuerdo de la caza va acompañado de la memoria de perros que murieron ya hace años: “aquella perreta sí que era aguda: pillaba os esquiruelos en l’aire”. Tambien se acuerda de los hurones. Ha tenido varios para cazar conejos, casi siempre ha compartido la propiedad con algún cazador de otra aldea. Ahora hace años que no tiene hurón: también hace años que apenas hay conejos.

Siempre que hablamos de caza la conversación deriva hacia lo mismo: ya no hay conejos, apenas quedan aves. “Este año sólo he bisto dos charros. No se beyen torcazos, ni perdices, ni siquiera grallas…” Resulta difícil de explicar: antes, cuando José y los vecinos de las aldeas cazaban mucho, había mucha caza. Ahora no hay nada. Ni pájaros. “No se i bei cosa: ni pajaritos. Y si en beyes alguno, te miras n’o niedo cuando ban a criar y solo tienen un buebo, sólo uno, ya casi ni crían”. Toda vida animal parece declinar: como si un gran ciclo se extinguiera. Sólo los jabalíes y los buitres aumentan.

Para los montañeses, la pasión por la caza, cuando se apodera de un hombre, resulta tan peligrosa como la pasión por el juego. José ha sido cazador, pero nunca le ha absorbido el tiempo. “Cuando yo era chico mi padre cazaba mucho. Siempre estaba cazando, con escopeta, con todo…una bez en ixuelo cojió 38 perdices… siempre cazar… pero en casa no se cojeba cosa… cada año faltaba trigo… tenébanos que llebar a moler bellotas… pero cuando emprezipié a trabajar yo cambió aquello… ya no volvió a faltar cosa: trigo, patatas… cojébamos de todo a ripas. Un año cojiemos tantas patatas que no sabébamos ande guardar-las: llenemos la bodega, os cuartos, a falsa… asta a ferrería la llenamos de patatas! Fue aquel año tan malo d’o chelo. Se cheló todo: os coscollos, muchas carrascas, os chinebros… todo. Patatas se’n chelón tambien muchas. En a falsa se chelón todas as que estaban por enziña, pero as que estaban más aentro d’o montón no. En a ferrería, como as patatas l’ocupaban todo, os fierros que tenébamos allí los púsenos enzima d’as patatas: os pistolos, una reja d’aladro, ferrinchons… pos cuando cheló, as patatas que les tocaba o fierro se puson negras como o carbón, pero as otras no”.
El día siguiente de San Antón fuimos temprano a La Mula con Luis, que va a coprar la escopeta de José. Le duele venderla, pero aún le duele más guardarla inutilizada. Cuando alguien desea guardar como recuerdo una escopeta sin disponer de permiso de armas, la Guardia Civil la inutiliza taladrándola. José ha visto algún arma así: “no m’han gustau, son como una persona que se ha quedau inútil. A bezes me miro a escopetay digo: no me gustaría beyer-la ojerada, como un traste inútil en casa, como si fuese uno de casa que l’eses bisto siempre trabajar y caminar bien y luego lo leyeses inutilizau, chitau siempre en una cama, sin baler pa cosa… prefiero bender-me-la que beyer-la así”.

José sabe que es el último día que pasa junto a su escopeta, habla mucho de caza y de armas. Se acuerda del armero de Panillo, que se la vendió hace más de medio siglo: “eba aprendiu d’armero en a mili y luego estubo en Eibar tres años”. José lo vio trabajar y se fijo muy bien en cómo desarrollaba las tareas de su oficio. Aún es capaz de describir con precisión todas las fases y las herramientas necesarias para reparar una escopeta desajustada. También recuerda otras escopetas que tuvo. Enumera las ventajas y los inconvenientes de cada una. Evoca piezas que cazó con todas: eran, se nota enseguida, otros tiempos, cuando la caza menor abundaba, cuando había fondas que compraban a los cazadores conejos, perdices y liebres, años en que la caza constituía casi la única carne que llegaba a la mesa en las aldeas de estas montañas. Recuerda las largas sesiones nocturnas, durante el invierno, en la cocina, recargando cartuchos: el olor y la textura de la pólvora negra, de la pólvora de fusil reutilizada –trasvasada- desde los cartuchos de la guerra, los perdigones, las postas, los tacos…

En Graus el cuartel de la Guardia Civil se encuentra a las afueras de la villa. El encargado de la intervención de armas es un guardia amable, servicial, con el aire –las gafas de montura gruesa, el peinado cuidado, el anillo con un sello grande y el dominio de la Olivetti- de los antiguos escribientes. Cuando llegamos se encuentra atendiendo a otros que han ido por lo mismo que nosotros. Se trata de un hombre joven y de dos mayores, que son el padre y el tío del de menos edad. Traen cuatro escopetas –dos cada viejo- que quieren transferir al joven. Las llevan como las de José: envueltas en sacos y atadas con uno de esos cordeles negros de plástico que tanto abundan ahora en los pueblos porque son empleados por las máquinas empacadoras. Abren los sacos y van extrayendo las armas: una escopeta del 16, antigua y bien cuidada, de aquellas que enseñaban –airosas- las orejas de los dos martillos; otra del 16, de un solo cañón, también con el martillo exterior; otra del 12, de platina larga y culata inglesa, muy bien cuidada; y otra –también del 12- sencilla y aventajada. Mientras las desempaquetan hablan del destino de aquellas armas que han empleado a lo largo de toda su vida, que heredaron incluso –en algún caso- de sus padres. Es sorprendente: dicen exactamente lo mismo que José. Ya no las pueden emplear porque se cansan andando por el monte y ven muy mal. Pero tampoco las quieren inutilizar: les dolería verlas en casa muertas después de haber sido sus compañeras en la caza durante tantos años. También se lamentan de cómo desprecian las escopetas los cazadores jóvenes: “¡Rifles, sólo quieren rifles!”.
Yo nunca había mirado así las cosas relacionadas con las armas: había visto los ojos agonizantes del mundo rural que desaparece en los arados de madera abandonados, en los trillos, en las albardas, en las hoces, pero nunca en las escopetas. Y, sin embargo, allí están, mirándome mientras expiran desde la oscuridad de los cañones o desde la altivez de los gatillos. Como todo lo que ha sido algo vivo –y fuerte- las escopetas se resisten a morir: se van trasfiriendo a nombre los jóvenes –que las acumulan sin emplearlas- o se malvenden. Al final acaban por inutilizarse.

Vivimos tiempos buenos para desacreditar las armas. Esta bien que así sea. Pero estas escopetas que llegan a los servicios de intervención de armas de la Guardia Civil envueltas en un saco son tan nobles como los viejos arados...


Fuente: Jose, un hombre de los Pirineos. Autor: Severino Pallaruelo Edita: PRAMES
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